Breve historia genética de los iberos del Noreste. Contexto general. (I)

por Jesús Manuel de la Cruz Martín

Imagen de portada: distribución de los pueblos iberos del noreste con algunos yacimientos destacados.

Los iberos del Noroeste.

En el año 2025 Daniel Ruiz de la Cuesta Aguirre publicó su tesis doctoral en la Universidad Autónoma de Barcelona, titulada “Unraveling the genetic history of Northeastern Iberians”, publicando un estudio genético de las poblaciones iberas de la región de la actual Cataluña durante la Edad del Hierro. El estudio buscaba superar las lagunas de conocimiento existentes sobre la historia genética de los iberos, dado que su práctica funeraria incluye la cremación de los cadáveres, y el fuego destruye cualquier muestra de ADN que pueda tomarse. El estudio estableció nuevas herramientas para mejorar el análisis de ADN mitocondrial, esto es, de los linajes genéticos transmitidos de madres a hijas, y el estudio paleogenómico de las poblaciones iberas de la región noreste de la península. Para poder llevar a cabo este análisis sorteando el problema del ritual de cremación, Daniel Ruiz acudió al análisis de ADN de los neonatos enterrados en el interior de las casas, una tradición propia de los rituales domésticos iberos que en la actualidad nos ofrece una ventana abierta para el estudio de sus linajes genéticos.

El estudio corrobora lo que ya podíamos afirmar ampliamente gracias a los estudios arqueológicos, demostrando que las comunidades iberas evolucionaron a partir de las poblaciones locales de la Edad del Bronce, mostrando una continuidad demográfica sin grandes cambios durante toda la Edad del Hierro, en la que tiene lugar el proceso de consolidación y desarrollo de la cultura ibera tal y como nosotros podemos identificarla a través de la arqueología. Además, el estudio confirma que los iberos también tuvieron relaciones con los pueblos del Mediterráneo oriental, griegos y fenicios, que dejaron algunas pistas en su linaje genético, especialmente femenino. Solo con la llegada de los romanos y la paulatina romanización de las poblaciones iberas asistiremos a un amento de influencias genéticas entre las poblaciones locales, indicando la cascada de grandes cambios que significaron para las comunidades de la península el proceso de conquista, dominio y asimilación por parte de la cultura romana.

A partir de este estudio el autor ha desarrollado, en colaboración con otros investigadores, dos artículos académicos publicados en lengua inglesa en dos prestigiosas revistas internacionales, Journal of Archaeological Science e iScience, entre los años 2025 y 2026. Estos estudios desarrollan y amplían la información de su tesis doctoral, y como muchos otros estudios de genética, han tenido una buena cobertura mediática y eco en el público general, muy interesando en los temas de arqueogenética. En este artículo vamos a desgranar sus principales líneas de investigación, interesándonos especialmente por los resultados que explican el trasfondo genético de las poblaciones iberas del noroeste de la península ibérica.

Imagen panorámica de la fortaleza de Vilars d’Arbeca, en Lleida. Fuente de la iamgen: https://vilars.udl.cat/ca/.

Breve historia de los iberos del Noreste.

La cultura ibera que se desarrolló en el extremo noreste de la península se circunscribe a grandes rasgos en el triángulo de territorio ubicado entre los Pirineos y el Valle del Ebro, mirando hacia el Mediterráneo. En este territorio, que más o menos coincide con la actual Cataluña, se desarrollaron un conjunto de poblaciones que han pasado a la historia por el activo papel que desempeñaron en los graves momentos bélicos que coincidieron con la II Guerra Púnica y los conflictos inmediatamente posteriores, protagonizados por dos líderes muy conocidos, Indíbil y Mandonio. Entre las comunidades más destacadas de este territorio, desde el Ebro hasta los Pirineos y desde allí de vuelta al Ebro por el interior, tendríamos a los Ilercavones, Ausetanos, Cosetanos, Lacetanos, Laietanos, Indigetes, Jacetanos, Ilergetes, Suesetanos y Sedetanos.

Dentro del mundo funerario, que es el que más nos interesa en este caso, los enterramientos infantiles dentro de las casas comienzan a apreciarse durante la Edad del Bronce final, en torno al siglo XIII a.C. Esta tradición hunde sus raíces en el tipo de reconocimiento social que tienen los recién nacidos dentro de estas comunidades. Al fallecer a tan tierna edad, es posible que no fueran considerados aún como parte del grupo social, sino sujetos a los asuntos meramente intrafamiliares, y por lo tanto su enterramiento se llevaba a cabo dentro de las mismas casas que los habían visto nacer. Por otro lado, la aparición del ritual de cremación se había asociado con la llegada de la cultura de los Campos de Urnas, que se expandió desde Europa central hasta la península ibérica y que se había asociado con una oleada de migraciones célticas. Sin embargo, el actual conocimiento arqueológico ya no permite sostener la existencia de este fenómeno, que se explica como un proceso lento de cambio de ritual, que seguramente está incluido dentro de un proceso de cambio social e ideológico, que se produce de forma lenta y prolongada hasta su rápida aceleración a partir del inicio del I milenio a.C. Un punto a favor de esta nueva visión, que desmitifica los Campos de Urnas, es que en los estudios que nos ocupan se demuestra que no hubo ningún aporte genético en esta etapa, como sí ocurrió con la llegada de la genética indoeuropea durante el Calcolítico.

El cambio hacia el ritual funerario de la cremación conllevó la aparición de fórmulas rituales más complejas, enterramientos con túmulos cada vez más monumentales, la aparición de ofrendas en las tumbas en mayores cantidades, la mayor riqueza de los ajuares y la organización interna de las necrópolis. Todos estos cambios indican la aparición de una incipiente jerarquización social, encabezada por un grupo de guerreros que se hacen enterrar de forma suntuosa. A la par que el nacimiento de estas jefaturas encontramos un aumento demográfico y de explotación del medio, así como la apertura del comercio con el Mediterráneo protagonizado por los fenicios, que comenzarán a fundar las primeras factorías comerciales en la costa norte de la península como parte de su amplia actividad colonizadora. Esta aristocracia guerrera será capaz de acumular excedentes, controlar y distribuir los bienes y objetos de lujo obtenidos en el comercio y perpetuar su memoria a través de tumbas de gran tamaño donde son enterradas sus riquezas.

La aparición de la cultura ibera se constata desde un punto de vista arqueológico precisamente a partir de la consolidación de este grupo de poder, igual que ocurre con sus vecinos del sur. A partir del siglo VI a.C. tiene lugar también la generalización de la cerámica a torno y la configuración de un mosaico territorial de asentamientos claramente jerarquizados, que será otra de las expresiones de este poder aristocrático. Cada una de las tribus iberas que hemos mencionado tendrá su propia idiosincrasia particular, pero a grandes rasgos es posible afirmar que a partir de mediados del I milenio a.C. comienza a surgir un importante fenómeno urbano, encabezado por las importantes ciudades de Ullastret entre los indigetes, Burriac en Layetania y Tarragona en Cosetania. Estas ciudades, auténticas capitales del territorio, serán la sede de ricos grupos aristocráticos, desde donde se establece una red de control de ciudades menores y numerosos asentamientos en forma de aldeas y granjas. La importancia del comercio para estas comunidades queda reflejada por otro tipo de yacimiento muy particular, los campos de silos, que posiblemente servían para almacenar el excedente agrícola que era destinado, en parte, para la venta a los tratantes fenicios primero y púnicos después, y también griegos, a partir de la fundación de Ampurias a principios del siglo VI a.C.

La riqueza de sus aristocracias, la importancia de su producción agrícola y su intervención en los circuitos comerciales mediterráneos y su posición estratégica como zona de paso entre el continente y la península harán de este territorio una zona de gran valor militar durante la II Guerra Púnica. La presencia romana en el territorio desde finales del siglo III a.C. se demuestra arqueológicamente a través de la aparición de diferentes enclaves, militares y administrativos. Escipión usará la ciudad de Tarraco como sede de operaciones a partir del año 209 a. C., a partir de la cual se irá expandiendo poco a poco la red de poder político y militar romano. En muchas de las ciudades iberas aparecen fortines militares que servían de residencia de distintas guarniciones y también barrios itálicos donde comenzará a residir la población que viaja junto a las legiones: artesanos, comerciantes, tratantes y colonos.

Imagen panorámica del yacimiento de San Miguel de Olèrdola, en Barcelona. Fuente de la imagen: https://www.mac.cat/ca/Visita-ns-Portada/Olerdola-Portada-Seu

Los yacimientos estudiados.

El estudio se llevó a cabo obteniendo muestras genéticas en seis yacimientos pertenecientes a las comunidades iberas del extremo nororiental de la península, añadiendo los datos obtenidos a los ya conocidos en este espacio. Entre ellos, el artículo más reciente se centra en tres yacimientos concretos: la fortaleza de Vilars, cerca de la localidad de Arbeca en Lérida, San Miguel de Olèrdola en la comarca del Penedés de Barcelona y Camp de les Lloses, en la localidad de Tona, también en Barcelona. Eligieron estos lugares como muestra del proceso histórico de formación de la cultura íbera en la región, cada uno de ellos representando un momento histórico diferente a lo largo de su historia.

La fortaleza de Vilars d’Arbeca fue construida a inicios de la Edad del Hierro, a principios del siglo VIII a.C., en medio de la llanura de la comarca de Las Garrigas. El poblado estaba fuertemente fortificado y controlaba tanto zonas de paso como las ricas tierras de cultivo alrededor. Estuvo ocupado de forma ininterrumpida durante cuatro siglos, hasta su abandono en el siglo IV a.C., por una comunidad de los Illergetes. El poblado giraba en torno a un pozo de agua y pudo pertenecer a la comunidad que obedecía o formaba parte de la familia de un poderoso caudillo. Dada su cronología, sirve para ilustrar el proceso formativo de la cultura íbera en las poblaciones indígenas.

El yacimiento de San Miguel de Olèrdola es un espacio muy conocido por la arqueología catalana desde mediados del siglo XIX. Se asienta sobre una plataforma de roca en lo alto de la sierra de la Cogullada, dominando de forma envidiable gran parte de la planicie del Penedès. Las magníficas condiciones visuales y defensivas del lugar han hecho que el yacimiento presente una cronología muy amplia, desde principios de la Edad de Bronce. A partir del siglo V y hasta la ocupación romana fue un oppidum principal de los Cesetanos. Más adelante, a partir del siglo II a. C., se estableció una guarnición romana que mantuvo la importancia estratégica del territorio hasta la época medieval, cuando se convirtió en una importante ciudad, abandonada tras el avance de la repoblación entre los siglos XII y XIII. La mayoría de las estructuras que podemos ver hoy son sin embargo medievales o romanas. Por su cronología, este yacimiento nos sirve para ilustrar el periodo ibérico pleno. 

El yacimiento del Camp de les Lloses fue uno de los primeros asentamientos romanos en la región de Cataluña, en torno a finales del siglo II a.C. Se ubica a los pies del monte del Castillo, en La Plana de Vic, junto a una zona de cruce de caminos que conecta la zona interior con la región costera dentro del territorio Ausetano. La población se construyó siguiendo este camino, convertido en una vía romana, probablemente como zona de paso y mercado para abastecer a las tropas romanas. Los hallazgos de monedas, objetos cotidianos, depósitos rituales y tumbas indican que en este lugar habitaba una comunidad ibera ausetana junto con ciudadanos latinos o romanos, inmersos en un claro proceso de romanización. Los cambios producidos por la pacificación de Hispania y la consolidación de la nueva administración romana llevaron a que el poblado se abandonara en torno al siglo I de nuestra era. Este lugar nos sirve para ilustrar la fase final de la cultura íbera, precedente del cambio genético y demográfico que implica la llegada de Roma a la península.

Vista cenital del yacimiento de Camp de Les Lloses, en la localidad de Tona, en Barcelona. Fuente de la imagen: https://www.campdeleslloses.cat/

Referencias.

Cuesta-Aguirre, D. (2025): Unraveling the Genetic History of Northeastern Iberians. Tesis Doctoral. Universidad Autónoma de Barcelona.

Cuesta-Aguirre, D. et alii (2025): “Mitochondrial DNA diversity in northeast Iberians during the Iron Age”. Journal of Archaeological Science, 183: 106390.

Cuesta-Aguirre, D. et alii (2026): “The genetic landscape of northeastern Iberian communities from the early to late Iron Age”. iSciencie, 29 (6): 116186.

López, F. J. y Rovira, M. C. (2012): “El món funerari a la depressió prelitoral catalana entre el Bronze Final i la Primera Edat del Ferro: ritual i dinamismo social a partir del registre arqueològic”, en Rovira, M. C.; López, F. J. y Mazière, F. (dirs.): Les necrópolis d’incineració entre l’Ebre i el Tíber (segles IX-VI aC): metodología, pàctiques funeràries i societat. Monografies 14, MAC. pp. 37-55.

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