La necrópolis de Pozo Moro

por Jesús M. de la Cruz

Vamos a imaginar que somos unos viajeros, unos caminantes que viajan por caminos polvorientos en la tierra de los oretanos. Amanecidos con la aurora de rosados dedos, pronto vemos que la luz anaranjada del sol naciente ilumina una escena increíble: de entre las encinas que nos rodean vemos emerger torres y pináculos. Una ciudad de los muertos se alza junto a nuestro camino. Figuras de monstruos con ojos amenazantes y gestos feroces nos vigilan a lo lejos. Se suceden las formas en piedra arenisca, las torres y los túmulos. En el centro de este bosque tallado a cincel se yergue desmoronada lo que fue una torre enorme. Flanquean su fuste derrumbado cuatro leones. Encerrando al edificio lo que queda de un murete de adobe confundido entre la retama imita la forma de una piel de toro. Aquel lugar proclama el poder y la herencia de una estirpe de aristócratas, tal vez el lugar donde reposan los antepasados de la ciudad hacia la que nos dirigimos a comerciar. O de la que hemos salido. No sé vosotros, pero yo soy supersticioso. Frente a las figuras poderosas de las criaturas del Otro Mundo siento un escalofrío. Llevo vino en mi bota de cuero. Sin penetrar en el recinto limitado por adobes, derramo el rojo líquido sobre el suelo de polvo y cascajo y musito una oración por los espíritus de los hombres y los monstruos que allí yacen. Me alejo en silencio. No me atrevo a mirar atrás. Sé que los ojos de los devoradores me siguen mientras me alejo y me pierdo entre el encinar.

El monumento de Pozo Moro es uno de los restos arqueológicos icónicos de la cultura ibera. Era el monumento principal de la necrópolis del mismo nombre, cerca de Chinchilla de Montearagón, en Albacete. Una réplica realizada por un cantero local se alza hoy en una terraza junto a la localidad, en recuerdo de aquel monumento, uno de los más representativos del mundo funerario ibérico.

La necrópolis de Pozo Moro fue localizada gracias a un hallazgo fortuito realizado por un agricultor en 1970. Restos de cerámica y de piedra se encontraron en superficie sobre un solar que no había sido cultivado. Cuando se realizó una prospección sistemática, en seguida se supo que se trataba de un descubrimiento muy importante. En las excavaciones salieron esculturas y sillares de piedra, algunos bien conservados, otros destruidos, junto con restos cerámicos y metálicos.

El descubrimiento de Pozo Moro significó un antes y un después en la investigación de las necrópolis ibéricas. Aunque con posterioridad se han encontrado muchas más necrópolis, con hallazgos incluso más relevantes, Pozo Moro sigue siendo hoy un paradigma del arte funerario de la cultura ibera.

Después de completar las campañas de excavación de la necrópolis, los sillares de la torre de Pozo Moro fueron trasladados y montados en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Desde entonces el monumento ha sido una pieza clave y representativa de la colección del museo, y como tal siempre ha ocupado un lugar de honor.

El monumento se alzó directamente encima de la pira donde se incineró a un gran noble ibero, tal vez un rey, enterrado en algún momento a finales del siglo VI a.C., durante la Edad Arcaica de la cultura ibera. Este hombre murió a una edad avanzada para su época, 50 años. Sus herederos, o quienes pretendían serlo, decidieron levantar una torre protegida por fieros leones, en torno a la cual se construyó un muro en forma de piel de toro que servía para limitar el espacio sagrado, el témenos, donde descansaba este personaje con un poder divino.

El carácter sagrado de este personaje queda demostrado por los frisos que decoraban la torre, como las viñetas de una historia que no podemos leer. En ellas vemos algunas escenas increíbles, muchas de ellas protagonizadas por un héroe guerrero que se enfrenta a seres sobrenaturales. En una de ellas, unos demonios llevan a cabo un festín humano. Se ha identificado a este ser con el dios Nergal, señor del Inframundo que preside el juicio de los muertos. Otras muestran seres monstruosos en lucha contra el héroe, como un felino de tres cabezas o un jabalí de dos cuerpos. En otra, un personaje, tal vez el mismo héroe, lleva a cuestas un árbol arrancado de cuajo mientras unos demonios parecen atacar el árbol, o tal vez sostenerlo, con unas horcas o tridentes. Una escena fragmentada nos muestra al héroe practicando el coito con una figura que ha sido entendida como una diosa: es la consumación de la heroización de ese personaje mítico. Tal vez la misma diosa, esta vez alada, reflejo de las diosas orientales Hathor, Ishtar o Astarté, ocupa todo el espacio de uno de los frisos, con los brazos abiertos, como si recibiera el alma del rey allí enterrado. Sin lugar a dudas, todos los frisos situados en la torre debieron estar dispuestos siguiendo un orden narrativo preciso, realizado para ser leídos mientras la persona que hubiera accedido al espacio sagrado de la torre la rodeara, comenzando por la derecha. Es posible que el lugar de honor correspondiera a la diosa alada, que recibiría al visitante con los brazos abiertos, igual que simbólicamente recibía al rey.

La reconstrucción de la torre ha sido objeto de debate. Es posible que las cuatro parejas de leones formaran la base de dos cuerpos constructivos, asentados sobre un podio de tres escalones. Puede que en lo alto se alzara una estructura rematada en una punta de pirámide. Este tipo de estructura tiene su ejemplo más cercano en las llamadas torres de almas fenopúnicas del norte de África. Es posible que la torre de Pozo Moro guardara una función similar. El receptáculo por el cual el alma del difunto viaja del Otro Mundo al nuestro. El conjunto de los relieves nos habla de un héroe mítico que trajo la abundancia y la prosperidad a su comunidad a través de un viaje mítico en el que hubo de enfrentarse a todo tipo de amenazas y terrores, pero del que obtuvo gran éxito, yaciendo con la diosa y recibido por ella en el Más Allá. Este héroe dio origen a la saga de gobernantes que rigen esa sociedad en la actualidad, y que por ese derecho se entierran junto al fundador, reclamando su pasado y su herencia ancestral.

Al alrededor de la torre se fueron construyendo después de una década o dos otros monumentos funerarios, hasta formar un paisaje compuesto de torres de piedra adornadas con todo tipo de animales mitológicos. Debió ser una visión increíble. La necrópolis estuvo en uso desde el siglo VI hasta el siglo II a.C., distinguiéndose 5 fases de ocupación. Entre los individuos enterrados no se percibe una clara predominancia por un género concreto, aunque destaca que la media de edad es de unos 30 años, muy por debajo de los 50 del personaje fundador.

La tumba del rey no duró mucho en pie, y poco tiempo después de ser construida, se desplomó. Tradicionalmente se atribuyó la causa de su caída a la falta de cimentacion del monumento, aunque últimamente se ha barajado que posiblemente la verdadera causa fue por efecto de un terremoto. Los cascotes del monumento quedaron dispersos a su alrederor, y tras un corto hiato fueron aprovechados por los constructores de otras tumbas monumentales para reutilizar sus sillares. Sin embargo, el espacio sagrado de la torre nunca se violó. Al contrario, su espacio fue respetado, de forma que las nuevas tumbas de torre y de túmulo, construidas en imitación de este primer monumento, se alzaron a su alrededor. Estas nuevas tumbas pertenecieron a una élite local, una aristocracia ibera que se enterraba junto a la tumba sagrada de su antepasado o fundador familiar, un gesto de orgullo de estirpe y también de proclamación de poder. Se trataba de una dinastía de gobernantes cuya legitimidad estaba en proclamarse descendientes de aquel rey fundador y del héroe o los dioses que lo protegían.

El lugar elegido para este lugar no fue casualidad: se sitúa en las cercanías de la vía Heraclea, una importante ruta que conectaba la zona de Levante con la ciudad de Gadir, y que según la mitología griega había sido recorrida por Hércules tras robar los bueyes del gigante Gerión. También está cerca del camino prerromano de la Vereda Real de Cartagena, que conectaba Segóbriga con Cartago Nova. Se trata de un espacio en el que por fuerza debía pasar mucha gente, y por tanto fue elegido para que fuera visto y reconocido por los caminantes que atravesaran ese paraje, rodeado por bosques de encinas.

Además de todo ello, para reforzar el valor simbólico del yacimiento en su misma ubicación se encontraba un pozo con la valiosa propiedad de pertenecer a aguas subterráneas que no se secaban en verano. Toda la comarca fue una región densamente ocupada por oppidum ibéricos, santuarios y necrópolis. En el entorno se encuentra también la necrópolis de Balazote y de la Hoya de Santa Ana, el Cerro de los Santos y Llano de la Consolación. No cabe duda de que esta región fue una zona de gran importancia para la cultura ibérica, y aún después. La conservación del topónimo «Pozo Moro» hace probablemente honor a una tradición de siglos por la cual el valor sagrado del lugar en época antigua acabó convertido en un espacio relacionado por el folklore popular por un Mouro o ser sobrenatural que habitaba las inmediaciones del majano pedregoso en el que se había convertido el yacimiento.

La primavera de su reapertura, en 2014, el Museo Arqueológico Nacional decidió ampliar la exposición dedicada a Pozo Moro añadiendo más piezas y vitrinas en las que podemos ver más restos de la antigua necrópolis. Gracias a esta nueva exposición podemos hacernos una idea de la riqueza de la necrópolis y más aún, del increíble conjunto de imágenes que se desarrollaban en los monumentos funerarios que rodeaban la torre de Pozo Moro.

Bajo las torres funerarias se encontraban pequeñas fosas en las que se depositó el ajuar funerario de los difuntos. En estos ajuares destacan los vasos griegos traídos del otro lado del mar, una señal de lujo en vida y en la muerte. Sobre las fosas se alzaron torres de piedra decoradas con animales fabulosos, todos ellos tallados en roca caliza de la región. Distinguimos entre esos restos fauces abiertas, miradas cargadas de amenaza y gestos de agresión. Estos animales eran seres monstruosos y feroces, destinados a proteger los sepulcros de los ladrones de tumbas y de los malos espíritus que rondan por las necrópolis al caer la noche. También eran criaturas protectoras que guiaban al difunto en su camino al Más Allá. Muchas de estas criaturas eran parte del imaginario común de muchos pueblos del mediterráneo. Vemos tritones, grifos, y sobretodo me ha llamado la atención un relieve tallado en sillares de un centauro, armado con una espada y acompañado de una serpiente enroscada, un símbolo que conecta a este ser medio hombre medio caballo con el inframundo y el reino de los muertos.

Pozo Moro sigue siendo a día de hoy una referencia en el estudio de las necrópolis y el mundo funerario de los iberos. Gracias a iniciativas como las del Museo Arqueológico Nacional todavía podemos disfrutar y observar estos restos, aunque ahora no sepamos leer los mitos y relatos, profundos y cargados de significado, que la voz muda de estas figuras nos quieren revelar. Es nuestra labor el tratar de devolverles esa voz, de imaginar los secretos que guardan y los relatos que narran.

Imagen de portada: Sandra Delgado.

Artículo actualizado el 18 de julio de 2024.

Referencias y bibliografía:

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MATA, C. (coord.)(2014): Fauna ibérica: de lo real a lo imaginado. Servicio de investigación prehistórica del Museo de Prehistoria de Valencia. Serie trabajos varios, nº117. Valencia: Diputación de Valencia.

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