La evolución histórica de Tarteso

por el Profesor

Tarteso fue la primera cultura peninsular de la existe un conocimiento cierto. Los datos que hoy podemos conocer sobre esta cultura proceden principalmente de la arqueología, un campo que ha superado ampliamente la información que nos pueden proporcionar los textos de los diferentes autores clásicos que escribieron sobre Tarteso. El proceso de creación y desarrollo de esta cultura es muy complejo, y aunque en los últimos veinte años el conocimientos sobre ella ha aumentado grandemente, aún queda mucho por descubrir, y la última página sobre esta fascinante cultura no se ha escrito.

El núcleo original de Tarteso, coloreado, se sitúa en torno a las primeras colonias fenicias fundadas en suelo peninsular, cuyo objetivo era establecer un control más específico de los rescursos minerales de la región. En línea discontínua se muestra la zona de máxima influencia cultural de esta civilización, que tuvo su auge entre los siglos VIII y VII a. C. Fuente: Wikipedia.

Atendiendo a su evolución arqueológica, el proceso de desarrollo y auge de Tarteso puede dividirse en tres periodos históricos:

Período pre-colonizador. Tarteso antes de Tarteso. (s.XIII-X a.C.)

Durante la Edad del Bronce, antes de la llegada de los comerciantes fenicios, en la fachada occidental de la Península Ibérica, entre el Atlántico y las Torres de Hércules se desarrolló una cultura que participaba en el comercio y los intercambios que conectaban, por un lado, las islas británicas con la costa francesa y toda la fachada atlántica peninsular, y por otro, las costas mediterráneas desde Chipre hasta el Levante peninsular (Ruiz Gálvez, 1998).

Esta red de intercambios no tenía un carácter estable ni estaba dirigida de manera centralizada hasta que en el siglo X o IX los fenicios fundaron diferentes establecimientos comerciales en el sur peninsular con el objetivo de prospectar, explotar y enriquecerse de las minas de estaño y plata de las serranías del interior de manera continuada y planificada.

Las poblaciones indígenas que mantuvieron un contacto más estrecho con los colonos orientales habitaban el territorio entre los ríos Tajo y Guadalquivir. Vivían dispersos: las poblaciones norteñas se ubicaban en zonas altas, en lugares óptimos para la ganadería, y aquellos situados en la vega del Guadalquivir y la costa sur se situaban en regiones agrarias que permitían un cultivo intensivo de la tierra.

Estas sociedades estaban escasamente jerarquizadas, en su inicio, pero durante el desarrollo del Bronce Final comienzan a aparecer unos jefes ganaderos que buscan un control más efectivo del territorio y hacen de la exhibición de sus armas y otros objetos prestigiosos obtenidos a través del comercio un método de diferenciación. Estos jefes comenzaron a hacer uso de estelas hincadas en el suelo para marcar los espacios bajo su dominio y demostrar su poder, mostrando esos objetos obtenidos a través de los intercambios que indicaban su estatus y les diferenciaba de los demás (Celestino, 2001).

Estos pequeños grupos tribales evolucionaron durante esta etapa, creciendo y buscando nuevos espacios que ocupar. Los señores ganaderos de las estelas avanzaron hacia el sur, trasladándose a los llanos y diversificando su capacidad económica. Las transformaciones sociales vinieron de la mano de los comerciantes fenicios, que iniciaron la reconstrucción de las redes comerciales entre la Península y Oriente después del desastre que supuso el período de los Pueblos del Mar en el siglo XIII. El acceso a las redes de intercambio comercial fue haciéndose cada vez más necesario e importante para estos grupos, y los jefes de las estelas comenzaron a hacer mayor uso de objetos de prestigio obtenidos por el comercio, como peines, espejos o broches, que de armas. Este cambio demuestra que el poder de las jefaturas locales al final de esta etapa era percibido ya como la capacidad de estos líderes para acceder a los objetos traídos de Oriente, más que a su capacidad de agresión. Este proceso indica el cambio que el comercio estaba provocando en estos grupos humanos, un cambio que conduciría a una nueva etapa histórica. 

Período proto-orientalizante. El nacimiento de Tarteso. (s. X-VIII a.C.)

Entre los siglos X y IX a. C. el comercio en el Mediterráneo vuelve a cobrar un empuje significativo. Las redes de navegación se afianzan desde las costas de Siria, Fenicia y Chipre hacia el occidente: una ruta norte viaja por Grecia, Italia y Cerdeña, y una ruta sur se establece por la costa africana.

Las poblaciones fenicias fueron en sus orígienes meros puestos comerciales, lugares donde los esporádicos viajeros fenicios solían atracar para intercambiar productos con los habitantes locales. Estos lugares fueron creciendo, siempre bajo los auspicios de divinidades protectoras de los negocios, y fueron el germen de las diferentes ciudades fenicias posteriores. Ilustración de A. Redondo.

En las regiones costeras de Huelva y el valle del Guadalquivir se vive a partir de esta época un auge demográfico. Los contactos esporádicos con pueblos orientales sirvieron para estimular la economía local mientras llegaban nuevos avances del extranjero. Los poblados crecen y se ocupan nuevos territorios con el objetivo de conseguir un control más efectivo de los recursos naturales y los caminos de paso, lo que garantiza un control más exhaustivo de las rutas comerciales y mayor riqueza para los líderes tribales de un naciente Tarteso.

Durante el período proto-orientalizante, las poblaciones tartésicas comienzan a desarrollarse, y el contacto con esta nueva corriente cultural lleva a los pueblos serranos consolidar sus territorios (Rodríguez Díaz y Enríquez Navascués, 2001: 92 y ss.). La economía se diversifica, y las élites guerreras, poco a poco más sofisticadas, van a buscar ampliar sus zonas de influencia, ocupando nuevas tierras gracias al aumento demográfico. Los poblados se sitúan especialmente en altura, garantizando el control del territorio y la defensa contra las poblaciones rivales. Se comienza a explotar la región metalúrgica en las sierras al sur del tajo, que los comerciantes fenicios comienzan a solicitar cada vez con más interés. La explotación ganadera vacuna es la economía dominante en la zona montana, mientras que en torno al Guadiana surgen poblados con cada vez más influenciados por Tarteso, que ejercerán de mediadores entre la región tartésica y la zona montana del interior.

Período orientalizante. La Edad de Oro de Tarteso. (s. VIII-VII a.C.)

Con el asentamiento y desarrollo de las ciudades fenicias, la sociedad indígena comienza un claro proceso de asimilación de las formas y costumbres fenicias. Los fenicios comenzaron una ocupación colonial de territorios, creando granjas y poblamientos de pequeño tamaño, a la vez que se construían algunos enclaves fortificados, como Castillo de Doña Blanca y La Fonteta, para dominar el espacio costero e interior (Martelo, 2011).

En esta etapa, las sociedades tartésicas inician un período de crecimiento acelerado, marcado por sus relaciones cada vez más estrechas con los colonos fenicio. Los asentamientos comienzan a ubicarse en sitios estratégicos, como pequeñas colinas, cercanas a las vías de comunicación y a tierras fértiles en los valles del Guadalquivir y sus afluentes. Esta ubicación permanecerá estable incluso una vez desaparecida la cultura tartésica, lo que significa que los pueblos indígenas comienzan a desarrollar un sentimiento de identidad y pertenencia a un territorio, un proceso mental que explica su consolidación como cultura. 

En la bahía de Cádiz predominó por encima de todos la ciudad fenicia del Castillo de Doña Blanca. Esta ciudad actuaría como emporio comercial con una envergadura similar a Cádiz. Durante este periodo, se desarrollaron una serie de poblados densamente habitados que recibían el metal y lo llevaban vía marítima hacia las ciudades fenicias costeras situadas en torno al Golfo Tartésico, el mar interior en el que desembocaba el río Guadalquivir.

Alrededor del núcleo del Golfo Tartésico comenzó a estructurarse una serie de redes de transporte que llevaban el fruto de las explotaciones mineras de las regiones de Riotinto y de los excedentes agrícolas del valle medio del río Gualdaquivir, todos destinados a satisfacer la demanda de las ricas y poderosas ciudades fenicias. 

Las jefaturas tartésicas comenzaron a forjar su poder imitando a las élites fenicias. El mejor símbolo de este adquirido prestigio es la aparición de necrópolis tumulares (Torres, 1999). Estos grandes túmulos sirven para destacar el poder y prestigio de estos jefes, un poder y prestigio sostenido por la riqueza que la aristocracia fenicia comparte con ellos a cambio de los recursos que envían a las ciudades púnicas de la costa. Sin duda, en estos momentos Tarteso vivió su edad dorada. Una época de enriquecimiento que muchos debieron pensar que no tendría fin.

Bibliografía y referencias

BELÉN, M. et alii: Imaginería orientalizante en cerámica de Carmona (Sevilla). Actas del III Congreso Español de Antiguo Oriente Próximo, Huelva, 2003.

GOMÁ RODRIGEZ, J.L.: El bronce final y la protocolonización en la Península Ibérica. Tesis Doctoral. Universidad Complutense de Madrid, 2018.

LA BANDERA, M. L. et alii: El complejo sacrificial de Montemolín. Actas del IV Congreso internacional de estudios fenicios y púnicos. Separata. 2000.

LÓPEZ CASTRO, J. L.: La sociedad tartesia y la sociedad fenicia occidental. Tarteso, emporio del metal. Almuzara, 2013.

MARTELO FERNÁNDEZ, M.A.: El poblamiento orientalizante en Andalucía Occidental. Análisis de las fuentes arqueológicas y estado de la cuestión. Estudios recientes de arqueología gaditana. Actas de las Jornadas de Jóvenes Investigadores Prehistoria & Arqueología. Archaeopress, 2011.

PACHÓN ROMERO, J.A.: Sobre la necrópolis tumular protohistórica de Pinos Puente (Granada). Una revisión. Revista del Centro de Estudios Históricos de Granada y su Reino, 17, 2005.

RUÍZ GÁLVEZ, M.: La Europa atlántica en la Edad del Bronce. Crítica/Arqueología, 1998.

TORRES ORTÍZ, M.: Sociedad y mundo funerario en Tartessos. Real Academia de la Historia, 1999.

VV.AA.: Extremadura tartésica. Arqueología de un proceso periférico. Bellaterra/Arqueología, 2001.

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