Los niños en la cultura de El Argar

por El Profesor

El la cultura de El Argar, como en cualquier otra cultura humana presente y pasada, los niños son una parte esencial de la sociedad y ocupan un lugar importante en la vida y el pensamiento de sus progenitores. Aunque determinadas relaciones sociales son difícilmente rastreables en el registro arqueológico, no cabe duda de que los niños son una inversión fundamental en el desarrollo de una sociedad, ya que suponen la garantía de perpetuación de un grupo humano y representan su futuro. Los niños también son depositarios de la cultura y los pensamientos de un grupo, continuando las tradiciones y costumbres aprendidas de sus mayores. En ese sentido, resulta lógico decir que la propia perpetuación de una cultura es la muestra evidente de la existencia de una infancia que la perpetúa.

En la cultura argárica, el rastro que los niños dejan en el registro arqueológico pertenece principalmente al contexto funerario (Sánchez, 2007: 187 ss). Las costumbres funerarias argáricas son bien conocidas, por tratarse de uno de los aspectos de su cultura más fácilmente identificables y que mayor relevancia tienen para el conocimiento de su cultura. A través de ellas obtenemos pistas para conocer rasgos de su estructura social, rasgos de su ideología y de sus creencias, sus capacidades técnicas y artesanales, e importantes datos sobre su forma de vida. En todos ellos, la infancia deja su particular huella.

El Argar no contaba con espacios dedicados a las necrópolis, si no que los enterramientos se realizaban en el interior de los poblados, ubicándose bajo el piso de los edificios donde se habitaba. Es a partir del registro arqueológico obtenido en los sepulcros argáricos donde más datos podemos encontrar respecto a la sociedad en general y a los niños en particular.

Un primer dato que podemos tener en cuenta es el gran número de enterramientos infantiles que se encuentran en estos poblados, un 45,6% del total (Llul et alii, 2016: 32), pero con números absolutos que oscilan entre los distintos poblados argáricos entre una cuarta parte y algo más de la mitad de su población enterrada (Sánchez, 2007: 188). Esto nos indica, en primer lugar, que la mortalidad infantil era muy alta, especialmente entre los niños neonatos y en edad de destete, cuando los bebés cambian su alimentación y entran en un proceso crítico para su supervivencia (op.cit.: 190-191). Si los niños superaban sus primeros años de vida, aún podían ser presa de diferentes enfermedades e infecciones, lo que suponía el principal factor de mortalidad. Un dato importante a la hora de analizar los restos infantiles enterrados es que no se aprecian frecuentemente lesiones que indiquen una muerte violenta. Esto lleva a pensar que los niños quedaban al margen de la violencia bélica entre la sociedad argárica. Eso sí, los huesos reflejan una constante en toda sociedad humana: los niños se caían, recibían golpes y se lesionaban en accidentes propios de la vida doméstica o de juegos al aire libre (Sánchez, 2007: 191).

Está claro que en El Argar existían unas pautas muy específicas, aunque no podemos conocer claramente cuales, para decidir inhumar a un individuo dentro del hogar, pero a juzgar por el número de enterramientos infantiles, entre estas pautas no se encontraba la edad del fallecido (Llul et alii, 2016: 32). Dicho de otro modo los niños, con cualquier edad, eran objeto activo de estas ceremonias de enterramiento, lo que explica que el hecho de ser niños no influían en la decisión sobre si debían ser enterrados. Esta actitud nos hace entender que la población infantil estaba plenamente considerada dentro de la sociedad argárica. Los ajuares encontrados en las tumbas infantiles repiten las características de distinción de género y grupo social de las tumbas de adultos, un rasgo que demuestra cómo los niños eran admitidos rápidamente en las costumbres y en las estructuras sociales e ideológicas propias de su cultura (Sánchez, 2007: 188ss).

En la Antigüedad y la Prehistoria, los ritos de paso y de fertilidad servían para marcar el acceso de los niños a las formas y costumbres del mundo de los adultos. En las tumbas argáricas, la presencia de ajuares ayudan a interpretar de qué manera los menores de edad eran asimilados por la sociedad hasta convertirse en adultos de pleno derecho a través de estos ritos de paso, que aunque debieron existir, no han dejado una huella arqueológica clara. En el análisis de los ajuares encontrados (Sánchez, 2007: 188-189 y gráfico 1), se percibe como a mayor edad, mayor y más relevante es el conjunto de elementos de ajuar que aparece en la tumba de un niño, entre los que destacan por encima de todo los objetos de adorno. Los neonatos muy difícilmente son enterrados con ajuar, lo que indica que hasta alcanzar cierta edad no eran considerados como miembros del grupo social. Los objetos de adorno pueden ir desde los más humildes, en huso o concha, hasta los de plata y oro. La aparición de este tipo de adornos, en especial los de oro, indican claramente cómo los niños ya participaban en la jerarquización social, asumiendo el estatus de sus padres. Precisamente a partir de los siete años, y sobretodo en edades que se acercan a la pubertad, comienzan a aparecer entre los ajuares los útiles metálicos que en la sociedad argárica eran la forma de expresar la condición social y el género del difunto: las hachas o alabardas representaban a los hombres, mientras que los punzones para coser representaban a las mujeres (Llul et alii: 42). De este modo podemos ver cómo la pubertad era el tiempo en que la sociedad argárica reconocía la mayoría de edad de los individuos, momento en que asumían sus roles sociales, tal vez después de realizar alguna ceremonia de iniciación. Tras ella, los jóvenes asumían el trabajo o la condición de sus padres y comenzaban a participar en las labores propias de su rango social.

Dentro de los objetos de ajuar, el más esperable dentro del sepulcro de un niño son los juguetes. Sólo ha sido posible identificar estos objetos cuando han tenido formas relevantes y fácilmente reconocibles al ojo moderno. Durante una gran parte de la historia del estudio arqueológico de El Argar, las técnicas de excavación y registro de los datos de las tumbas no cumplirían todos los estándares que tiene la arqueología científica actual, y es posible que muchos de estos juguetes, difícilmente identificables como tales, hayan sido desdeñados o ignorados por los arqueólogos.

Entre las piezas consideradas como juguetes se encuentran pequeñas figuritas animales e imitaciones de cerámicas de pequeño tamaño. Estas imitaciones son recreaciones en miniatura de cerámicas argáricas realizadas en terracota. Se trata de elaboraciones muy sencillas y toscas, representando vasijas muy pequeñas elaboradas a partir de una pella de arcilla agujereada en el centro (Ayala, 2007-2008: 96), o pequeños vasos cerámicos que imitan diferentes formas de las vajillas usadas por los adultos (Sánchez, 2007: 187). Otros juguetes serían más sencillos aún, como fichas de juego o tabas obtenidos de materias primas sin tratar, como huesos o piedras, además de otras piezas fabricadas en barro (2007: 186).

Las figuras de animales, en cambio, si han sido objeto de un mejor estudio, debido a su interpretación como objetos rituales. Aunque la mayoría de ellas no se ha encontrado en un contexto funerario, si no doméstico, muchos de estas figuras, debido a su pequeño tamaño y composición esquemática, bien podrían ser entendidas como juguetes, propios de la vida cotidiana de los niños argáricos (Ayala, 2007-2008: 93; López et alii, 2018: 16). Estas figuras tendrían el valor de recrear las actividades cotidianas de la vida de las gentes argáricas, actividades que los niños imitan en el curso de sus juegos como forma de aprender las labores y tareas que harán de adultos (2018: 16-17). Por otro lado, como se ha dicho, no se descarta que estas figuritas tuvieran un carácter ritual o un valor simbólico, ya que el toro ha representado la fuerza, la fertilidad y es uno de los animales más utilizados en los sacrificios a las divinidades (2018: 18).

Los denominados toros de El Argar son figuras de barro cocido y pequeñas dimensiones, encontradas en diferentes contextos dentro de poblados argáricos. Hasta el año 2018 se habían encontrado 10 figuritas de este tipo en todo el ámbito cultural argárico (Celdrán, Velasco, 2018: 33-34). Por su carácter único y poco convencional, la interpretación de los toros argáricos es discutida, pero gira en torno a figuras de juguete o idolillos de carácter apotropaico (López et alii, 2018: 18).

Imágenes: MARQ. Enlace: https://www.marqalicante.com/Exposiciones/es/Los-toros-de-El-Argar-Figurillas-de-arcilla-de-la-Edad-de-Bronce-E61.html

Un tercer aspecto del que nos hablan los sepulcros infantiles es la forma en que se organizaba el concepto de herencia e identidad en el mundo argárico, aspectos ideológicos muy importantes en cualquier grupo humano. Este factor debió ser fundamental en el mundo argárico y además de las expresiones sociales, costumbres y normas que debieron manifestarse en vida, también se percibe a través del registro funerario (Llul et alii, 2016).

Como ya se ha apuntado, la pubertad era el momento en que en El Argar tenía lugar el paso de niño a adulto. En el registro funerario, la expresión de la madurez, del género y hasta cierto punto del estatus de un individuo quedaba reflejado por las hachas y los punzones para hombres y mujeres respetivamente. En este sentido, se aprecia que el punzón, típico de las mujeres, aparece representado en los ajuares funerarios más a menudo que las hachas, además de que los objetos de adorno propios de mujeres aparecen con mucha mayor asiduidad (2016: 42, 43). Eso ha sido utilizado como una evidencia que indica la mayor relevancia de las niñas para la cultura argárica. Si asumimos que la mortalidad entre los jóvenes e individuos infantiles sería homogénea respecto al género, al aparecer con más frecuencia el punzón propio de mujeres indica que éstas eran enterradas con los símbolos de su posición social a una edad más temprana, apareciendo en mayor proporción de enterramientos. De otra manera, también pudiera ser que, mientras que los niños varones eran enterrados con los símbolos de su estatus de manera más episódica, las niñas recibían mayor atención en su funeral.

Otro elemento cultural importante en el que los niños participan y que puede ser constatado en el registro funerario es el concepto de herencia familiar (Llul et alii, 2016: 37-38, 51). Ya hemos comentado que ser niño no era un factor excluyente en las tradiciones funerarias argáricas. La cultura de El Argar dio especial importancia a los lazos familiares en sentido amplio, entendiendo que la base de la identidad de un individuo era su pertenencia a una familia. Esta idea se reflejaba dentro del hogar y en el mundo funerario a través de un ritual de enterramiento doble. En él, primero tenía lugar el enterramiento de un individuo adulto, que podría ser entendido como el iniciador de un linaje y establecía la fundación de los enterramientos dentro de una residencia. Este individuo fundador en algún momento era acompañado por otro individuo de menor edad, que representaba la continuación de la línea de sangre ancestral. Los niños que aparecen en enterramientos dobles siempre acompañan a un adulto, separados entre sí por varias generaciones. Puede asumirse que la relación entre adulto y niño fuera el de abuelo y nieto, el de madre o padre e hijo, o el de tío materno y sobrino o sobrina, recalcando las líneas de descendencia matrilineales (2016: 38, 43).

En definitiva, las maneras en que los niños aparecen representados en el mundo funerario argárico son un reflejo directo de su valor en la sociedad. Los niños argáricos eran en los depositarios de las tradiciones e ideología de sus mayores, asumiendo sus roles e imitando sus conductas y patrones de pensamiento. De esta manera, cada nueva generación es la garante de la perpetuación de la cultura y los repetidores, cuando sean adultos, de las mismas costumbres que les han sido inculcadas y han aprendido a lo largo de toda su infancia.

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Referencias y bibliografía:

Ayala, M. M. (2007-2008): «Juguetes, esculturas y vasijas. La artesanía y el arte argárico en Murcia». Estudios Románicos, vol. 16-17. pp. 91-110.

Celdrán, E. y Velasco, C. (2018): «Figurillas zoomorfas de arcilla halladas en La Bastida (Totana, Murcia)», en Los toros de El Argar. Figurillas de arcilla de la Edad del Bronce. Alicante: MARQ. pp. 27-35.

Llul, V., Micó, R., Rihuete, C. y Rishc, R. (2016): “Argaric Socioloty: Sex and Death”, Complutum, vol. 27 (1). pp: 31-62.

López, J. A., Maestre, F. J., Martínez, S., Sánchez, A., Pastor, M., Basso, R. y Luján, A. (2018): «Los toros de arcilla de Laderas del Castillo», en Los toros de El Argar. Figurillas de arcilla de la Edad del Bronce. Alicante: MARQ. pp.5-19.

Sánchez, M. (2007): «Actividades de mantenimiento en la Edad del Bronce del sur peninsular: el cuidado y la socialización de individuos infantiles», Complutum, vol. 18. pp: 185-194.

 

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