¿Ladrones o guerreros? La guerra en Iberia contra Cartago y Roma

por El Profesor

La imagen del guerrero hispano como un guerrillero que utiliza su valor y su astucia frente al invasor fue creada por la historiografía decimonónica y hasta bien entrado el siglo XX. La Guerra de Independencia o del Francés contra las tropas napoleónicas tuvo mucho que ver con la asociación entre los bandoleros y guerrilleros que combatieron contra los franceses entre 1808 y 1813 y los grupos de guerreros hispanos que lucharon contra Roma en siglos antes de Cristo. En los años centrales del siglo XIX esta visión romántica de la lucha contra el invasor se plasmó no solo en la visión académica, si no también en numerosas obras de corte historicista de autores románticos y neoclásicos como Alejo Vera o Madrazo.

Entre los siglos XIX y XX se definió al guerrero hispano como un rebelde luchador frente el poder extranjero, que lucha una guerra de ataques sorpresa y subterfugio contra un enemigo superior, mejor armado y mejor organizado (Pérez y Quesada, 2019). Durante el siglo XX, la labor de estudio y arqueología de Schulten en el contexto político del franquismo colaboró a forjar esta visión idealizada del guerrero hispano, sentando unas bases en la historiografía actual que han resultado muy difíciles de superar (Quesada, 2017: 218-220). El perfil creado para el guerrero hispano no era casual: se buscaba definir un carácter único y diferenciador y exaltar unas cualidades muy específicas dentro de conceptos nacionalistas y románticos. Por eso se buscaron de forma interesada pasajes concretos de las fuentes literarias clásicas, leyendo en ellas solo lo que interesaba. Aún hoy, esta forma de ver a las comunidades y guerreros hispanos sigue siendo parte del imaginario colectivo. La sombra del romanticismo decimonónico es muy alargada.

El trabajo de Fernando Quesada ha sido fundamental para sentar unas bases que permiten superar muchas de las ideas preconcebidas que existen sobre la guerra en Iberia en época de las Guerras Púnicas y la conquista romana. Su trabajo académico ha estado dirigido desde los inicios de su labor como investigador a dar forma y razones para superar el concepto de los guerreros hispanos como bandas de ladrones definidas por los autores clásicos y para entender a celtíberos e iberos como pueblos capaces de enfrentarse en igualdad de condiciones en el campo de batalla con las potencias de Cartago y Roma. Esta teoría ha sido apoyada, ya desde hace dos décadas, por otras líneas de investigación, y recibe cada vez mayor apoyo y adhesión en el mundo académico general.

«La muerte de Viriato, jefe de los lusitanos» de José de Madrazo es una de las obras más representativas del movimiento románticista y del neoclacisimo español. Esta obra forma parte de un proyecto de recopilación de episodios de resistencia de los pueblos hispanos frente al invasor, dentro de un programa de exaltación de los valores nacionalistas y de «la raza» muy típico del siglo XIX. Estas concepciones han marcado profundamente la propia visión que aún hoy poseemos de los pueblos prerromanos. Fuente: Museo del Prado.

¿Qué armamento usaron iberos y celtíberos?

En el armamento ibérico (Quesada, 2016) y celtibérico (Lorrio, 2016) encontramos como armas ofensivas las espadas de filos rectos, que conviven junto a la falcata en la zona ibérica (Quesada, 2010: capítulo 5), los puñales discoidales y las lanzas pesadas como arma principal para el combate cuerpo a cuerpo, así como jabalinas, soliferrea y pilum como armas arrojadizas. El armamento defensivo experimentó mayor cambio por el contacto con la culturas mediterráneas orientales, asumiendo los escudos ovales, scutum, aunque perduraron los escudos redondos, caetra, y surgiendo también los cascos de tipo hispano-calcídico y de Montefortino, que en resumidas cuentas son imitación de los modelos mediterráneos usados por Roma y Cartago. Las armaduras fueron discos corporales, profusamente encontrados por la arqueología, pero también cotas de malla y armaduras textiles fabricadas en lino, que han dejado pocas evidencias arqueológicas, aunque son descritas en las fuentes.

Los ejércitos ibéricos y celtibéricos entre los siglos III y II a.C. estarían compuesto por una mayoría de infantería con poco armamento defensivo, una minoría de infantería bien armada y unos pocos, élite, montados a caballos con un armamento pesado, entre el que se contaban cotas de malla o discos pectorales, además de otras posibles defensas, entre las que destacaba el casco con penacho. La caballería celtibérica sería una élite formada por la aristocracia más prestigiosa de la tribu. Estos guerreros adoptarían una flexibilidad táctica en la batalla, pudiendo encabezar el ataque a caballo, o desmontando para unirse a la infantería cuando el choque se prolongaba, probablemente dirigiendo sus propias tropas de seguidores (Salinas, 2010).

En esta ilustración vemos a un ibero y un celtíbero de clase media, y en conjunto compendian gran parte del equipo que la infantería «de línea» podía portar en las guerras contra Roma. Como armas ofensivas encontramos la lanza pesada y arrojadiza, la espada y el puñal. Como armas defensivas, el casco y el escudo. Las jefaturas guerreras podrían contar con un equipo superior, como grebas, discos pectorales o incluso una lóriga de mallas. Ambos soldados llevan modelos de cascos copiados del ejército romano. Lejos de entender la caetra como un escudo ligero, podía llegar a tener hasta 80 centímetros de diámetro, perfectamente apto para luchar en formación cerrada. Autor: Sandra Delgado.

¿Se diferencia el armamento hispano del de un legionario romano?

Aunque la tipología de las armas es obviamente variada entre los pueblos hispanos y Roma, en cuanto a su función y uso práctico en combate podemos afirmar que era muy similar. Cuando Roma comenzó su conquista de la Península de manera metódica, a partir del siglo II a.C., confió en artesanos locales y asumió el uso de modelos hispanos para sus propias tropas (Quesada, 2006).

El mejor ejemplo del intercambio de armamento entre romanos e hispanos se ve en la copia del gladius hispaniensis y del puñal celtibérico por los romanos (Quesada, 2010: capítulo 9), y en la adopción del escudo oval por los iberos y celtíberos (Quesada, 2010: capítulo 10). La cota de malla también apareció entre los pueblos hispanos en el cambio del siglo III a.C., de forma similar a como fue adoptada por los romanos y cartagineses. Que los soldados de ambos ejércitos fueran capaces de imitar o adoptar armas del contrario indica que debieron compartir una visión común respecto a la forma de combatir, lo que puede resultar extensible al tipo de lucha en el campo de batalla (Quesada, 2006b; 2007).

Los ejércitos de la República romana durante las Guerras Púnicas aún no eran profesionales, y el armamento dependía de la capacidad económica de cada ciudadano, encuadrado según su experiencia y función táctica en velites, hastati, principes y triarii (Fields, 2012). Los velites portaban escudo circular y actuaban como hostigadores al frente de la formación, mientras que las unidades de infantería pesada poseían como elemento integrador el scutum oval, el pilum para hastati y principes y la lanza para los triarii. El armamento corporal sería el más heterogéneo, ya que dependería de la riqueza de cada cual. Los velites no poseían defensa, más que tal vez un casco. Los triarii, al ser los más veteranos, podrían afrontar el pago de cotas de malla, mientras que hastati y príncipes llevarían discos pectorales. También podían portar una o dos grebas: en caso de tener solo una, la llevarían en la pierna izquierda, adelantada durante el combate.

En el caso hispano, el acceso a mejores armaduras también depende de la clase social, más marcada que en el caso romano, pero en su conjunto encontramos una diferenciación también basada en la riqueza y nivel social del guerrero. Con la adopción de los modelos de casco y escudo por parte de los pueblos hispanos, podemos comprobar fácilmente que ni el armamento defensivo ni ofensivo se distinguen en su funcionalidad entre ambos combatientes, e incluso podríamos indicar que ciertos aspectos de la panoplia guerrera serían idénticos, como yelmos, discos pectorales y armas de cuerpo a cuerpo, incluyendo las armas arrojadizas (Quesada, 2006b: 9, figura 1).

Esta ilustración (Fields, 2012: 29) refleja, ajustándose a la arqueología, la panoplia media de un legionario princeps o hastati. El casco Montefortino y el pectoral son muy similares a los utilizados por las élites guerreras hispanas, mientras que la espada y la daga son copias de ejemplares celtíberos. El elemento más diferenciador es el largo scutum oval, que en el caso hispano sería imitado en un modelo de silueta similar, pero de superficie plana. Autor: Sean O’Brogain.

¿Qué nos dice el tipo de armamento de la forma de lucha?

Durante el largo período de servicio como mercenarios de los pueblos hispanos, los mercenarios pudieron llevar a sus lugares de origen algunos aspectos específicos que sirvieran para cambiar aspectos en el arte de la guerra como ellos lo entendían (Marín, 2016: 342), transmitiendo la forma de combatir, la organización de unidades, el mando y control, y en general todo aquello que conformaba parte del mundo de la guerra como acción política organizada, frente a su concepto de guerra como lucha para la obtención de botín y de prestigio, entendida como una forma de vida (Sopeña, 2004).

La vida de soldado mercenario conduciría por tanto a los guerreros iberos y celtíberos a cierta comprensión de los modos de hacer la guerra del mediterráneo oriental. Este proceso de aculturación se refleja en el material arqueológico en la adopción de equipo militar, pero también debieron reflejarse en el campo mental, con la adopción de técnicas de combate y de formaciones aprendidas por el servicio en ejércitos griegos siciliotas y púnicos, y también romanos, atendiendo las órdenes de mandos extranjeros pero bajo oficiales propios (Marín, 2016: 337-338).

Dentro de la estructura del ejército romano de Polibio, está claro que cada soldado posee una función específica dentro de la formación de combate, función a la que responde un tipo de armamento determinado (Quesada, 2006b). La similitud con el armamento hispano puede ayudar a entender que los ejércitos iberos y celtíberos compartieron una división similar de los guerreros a la hora de desarrollar un rol táctico determinado en el campo de batalla.

Podría establecerse un modelo de cómo se desarrollaría una típica batalla campal teniendo en cuenta estos datos: el combate se abre con la acción de tropas de escaramuza (velites, caetrati), antes de que la infantería pesada (escutari, hasteros/príncipes) se enfrentaran en combate cuerpo a cuerpo, primero arrojando sus pilum y soliferrea, y luego blandiendo las espadas y lanzas. Las tropas de reserva o élite (caballería desmontada, triarios) acudiría en ayuda de la línea principal en caso de apuros, mientras que en ambos ejércitos la caballería tendría una función auxiliar a la infantería combatiente, o perseguidora una vez la línea de combate se ha roto y el ejército perdedor huye en desbandada.

Todas estas similitudes tienen su límite en la propia evolución social y política de los pueblos hispanos. Frente a los mandos colegiados y profesionalizados del ejército romano, los líderes hispanos serían los propios jefes y aristócratas que formaban la élite social de sus tribus respectivas, cuya autoridad militar procedía de su clase social, y no necesariamente de su conocimiento o experiencia en combate, ni desde luego por pertenecer a un escalafón militar reglado (Quesada, 2002-2003: 87).

En los textos de Tito Livio, Apiano y Estrabón se hacen valiosos comentarios respecto a las formaciones de los pueblos hispanos. Tito Livio se refiere a la formación de los pueblos celtíberos e iberos como «acies instructa», que podría traducirse como «línea de batalla», el mismo término utilizado para referirse a la legión romana. En otros textos se habla de insignias militares, de órdenes y de formaciones. En definitiva, la lectura de las obras clásicas demuestra sobradamente que los guerreros hispanos estaban habituados a luchar en formación en el contexto de una batalla campal (Quesada, 2006b). Autor: Carlos Fernández.

¿Pudieron formar los pueblos hispanos ejércitos cohesionados?

Es muy probable que desde el primer contacto con los cartagineses y su enfrentamiento con ellos, y de manera mucho más acelerada contra Roma, los pueblos hispanos adoptaran técnicas que les permitieran combatir de manera más adecuada con los romanos, imitando el despliegue de largos contingentes de tropas (Salinas, 2010: 152). La potencia demográfica de las tribus hispanas no era tan grande como la población italiana que alimentaba a las legiones, por lo que debieron de acudir necesariamente a alianzas militares con el fin de acumular un número suficiente de tropas.

Tanto la rebelión ibera como las Guerras Celtibéricas y Lusitanas demuestran que los pueblos hispanos fueron capaces de realizar alianzas con el objetivo de enfrentarse al invasor (Pérez, 2011). Estas alianzas no fueron realizadas a largo plazo, si no que dependieron del sentimiento de amenaza y la urgencia de presentar un frente común frente al invasor. También fue muy importante la percepción subjetiva de los líderes hispanos, que se unieron o enfrentaron a los invasores según su propia visión política, trazando alianzas o rompiéndolas según sus propias concepciones de fidelidad, hospedaje y devotio.

Tanto en Iberia como en Celtiberia, los pueblos que llevaron a cabo coaliciones militares se unieron con un objetivo concreto y un fin determinado (vv.aa., 2013: 684 ss.). En algunos casos, esta alianza se nos presenta como un conglomerado de pueblos, cada uno de los cuales debió de ofrecer un número de tropas determinado en función de su propia percepción de la amenaza o su compromiso con la causa. En otros casos, estas alianzas son descritas por los autores clásicos de forma mucho más concreta, indicando que existía una jefatura colegiada (Pérez, 2011: 37) o individual, lo que implica que estos jefes eran elegidos por una asamblea u otro organismo similar formado por los jefes y príncipes guerreros de los pueblos aliados.

¿Qué llevaba a un individuo o pareja de individuos a ser elegidos por sus iguales? Los motivos podrían ser muy variados, pero entre ellos deben estar el reconocimiento a su capacidad militar y su peso político, por dignidad o por rango. Dado que muchos de los nombres dados por los autores clásicos sólo se citan una vez, es posible que la cuestión fuera decidida por los méritos o capacidades de esos personajes. Los que aparecen como protagonistas de más acciones militares, como Viriato, o Indíbil y Mandonio, debieron acceder al poder por motivos más personales, que justificarían su elección como jefes de importantes coaliciones con grandes cantidades de tropas.

Sólo a través de alianzas los pueblos hispanos pudieron acumular el número de hombres necesarios para enfrentarse en igualdad de condiciones con los ejércitos romanos. Esto significa que la cantidad de combatientes en un ejército hispano debía por lo menos acercarse a los ejércitos romanos en campaña. Puesto que se trataba de ejércitos dirigidos por un pretor o cónsul (Quesada, 2017: 211) , hablamos de unidades formadas por una o dos legiones ciudadanas, mas el mismo número de tropas latinas. Eso eleva la media de los ejércitos romanos de entre 8.000 a 20.000 hombres. Los ejércitos de coalición hispanos pudieron formar cantidades similares, solo bajo el esfuerzo conjunto de varias tribus y pueblos hispanos (Pérez, 2011: 36-37).

Un análisis somero de las fuentes nos permite conocer el gran número de batallas que se libraron contra Roma en forma de batallas campales, en las que ambos bandos desplegaron sus efectivos en formación y combatieron siguiendo los estándares de la guerra típicos de todo el ámbito mediterráneo (vv.aa.2013: 696-697, figura 4). Entre el año 235 y el año 133 se contabilizan al menos 30 batallas campales, lo que da idea no solo de la importancia que este estilo de combate tuvo en la forma de hacer la guerra entre los pueblos hispánicos y el invasor, si no también la dureza de la propia conquista.

Sin embargo, la mayoría de estos enfrentamientos acabaron con la victoria romana (Quesada, 2017: 218, figura 5), lo que en definitiva nos explica la superioridad bélica romana frente a un enemigo que, aunque no se sintió inferior como para rehusar el combate, no tenía la capacidad de enfrentarse a un ejército profesional y estatal.

Independientemente de los resultados de estos combates, estos datos indican que, muy al contrario de lo que afirmaba el ideal romántico construido en el siglo XIX, los pueblos hispanos no se enfrentaron al invasor con ataques sorpresa y una guerra de guerrillas, si no que aplicaron de forma general la estrategia de batallas campales, apoyándose en la igualdad de fuerzas, en un armamento similar y en parecidas técnicas de lucha.

Aunque Roma sufrió varias derrotas a lo largo de la conquista de la Península, algunas de ellas muy sonadas, la realidad militar era que los pueblos hispanos no podían competir contra todo el aparato estatal romano. El principal aporte de este trabajo, basado en gran medida en las teorías de Fernando Quesada Sanz, no es fantasear respecto a la capacidad militar de los pueblos hispanos, si no situarlos en su justo y real contexto histórico, muy lejos de la concepción de guerrilleros surgida en el siglo XIX y fomentada también por el partidismo de los autores clásicos. Autor: Angus McBride.

¿Dónde estaban los límites de los ejércitos hispanos frente a los ejércitos cartagineses y romanos?

El armamento, organización y forma de lucha de los ejércitos hispanos no reflejan una distancia muy grande respecto a las legiones romanas. En comparación, los guerreros hispanos y romanos se encontraban en igualdad de condiciones a la hora de enfrentarse entre sí, cara a cara, en el campo de batalla. Los jefes aristócratas hispanos tampoco debieron pensar que sus fuerzas se encontraban en inferioridad a las romanas, y se enfrentaron a las legiones en batalla campal con confianza y decisión, sin renunciar por ello a la oportunidad de atacar al enemigo con otras técnicas de combate, dentro de una visión estratégica de la guerra.

La diferencia entre Roma y los pueblos de Iberia está en un nivel superior (Quesada, 2010: 207). Mientras que los legionarios romanos van a devenir en un proceso de profesionalización, convirtiéndose en soldados, los combatientes hispanos dependían de su tradición como clase social, permaneciendo como guerreros. El mando y control de los jefes militares marcó la gran diferencia entre los ejércitos enfrentados. En Iberia no existía una estructura de mando formal, ni una capacidad táctica para dirigir y manejar las unidades del ejército en el campo de batalla, aunque podían encontrarse en un proceso de formación de ejércitos urbanos con una progresiva complejidad estructural.

Por último, Roma representa un Estado unificado con una gran capacidad logística y demográfica, en un ámbito que los pueblos hispanos, aún siendo capaces de organizarse en coaliciones y alianzas, estaban muy lejos de poder alcanzar y que, en definitiva, les dejó a merced de una potencia militar superior.

Los guerreros hispanos fueron tenidos ya desde las Guerras del Peloponeso como mercenarios apreciados y guerreros temibles. Este carácter, ya apreciado en la Antigüedad, está marcado por sus costumbres guerreras. Las tribus hispanas nunca formaron un frente cohesionado. Sus lealtades y odios oscilaron de un lado a otro, sirviendo al invasor o luchando encarnizadamente contra él. Poco a poco, sin embargo, los pueblos hispanos fueron asumiendo la romanización, pasando a convertirse en tropas auxiliares y unidades especializadas dentro de la legión romana. Autor: Angel Pinto.

Referencias

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MARÍN, A. P. (2016): La génesis del mercenariado ibérico: entre Himera y Sagunto (480-219 a.C.). Historia, recepción y cultura. (Tesis doctoral). Universidad de Castilla La Mancha, Cuenca.

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